CAPíTULO 2: LA MASCARA DE LA VERDAD.
A medida que la noche avanzaba, el salón de la mansión Duverger se llenaba de una atmósfera
más densa, cargada de susurros, miradas furtivas y pasos discretos sobre el suelo de mármol.
Jean Piere no podía dejar de pensar en ella. Antonieta Dumas, su nombre resonaba como una
melodía exótica, pero su enigma no se desvanecía, sino que lo absorbía más. ¿De verdad era
de Burdeos? ¿Cómo había llegado a mezclarse entre la alta sociedad? Había algo en su porte,
algo en su mirada, que no encajaba con el papel que pretendía representar.
Se apartó del bullicio y se dirigió hacia el balcón para respirar aire fresco. El viento nocturno
agitaba levemente las cortinas, trayendo consigo el perfume enigmático de la rosa de la
mansión, entrelazado con la humedad de la niebla. Antonieta había dicho algo más que
palabras vacías durante su breve conversación; había dejado caer una insinuación, un reflejo
fugaz de algo que estaba tan cerca de ser revelado, pero que se deslizaba como la sombra de
un fantasma.
De repente, una figura apareció ante él, y al girar, se encontró con los ojos oscuros de ella.
—Pensé que me habías olvidado —dijo ella, su voz profunda, casi susurrante, mientras se
acercaba con una elegancia que desmentía la humildad de su vestimenta.
Jean Piere no respondió de inmediato. En su lugar, la observó como si intentara leerla, como si
las máscaras que todos usaban en esa fiesta fueran transparentes para él, pero no la suya.
—Nunca podría olvidarte —respondió finalmente, su tono algo más grave, casi como si se
deshiciera de la máscara de cortesía. Fue una frase con más verdad de la que él mismo quiso
admitir.
—Entonces, ¿por qué no bailas? —preguntó ella, como si estuviera esperando que la invitara a
un segundo baile, como si ella fuera la única razón por la que valiera la pena.
—El baile ha perdido su sentido —respondió él, no del todo sincero. Pero su mirada se deslizó
hacia sus manos. Estaba a punto de caer en su trampa, sin saberlo.
—No todos los bailes son en vano —murmuró ella, acercándose más. La proximidad, la
oscuridad que los rodeaba, hizo que la atmósfera se volviera aún más intensa.
Jean Piere tragó saliva. ¿Qué quería de él?
—¿Y qué es lo que busca, Antonieta? —preguntó, su tono ahora más directo, con una mezcla
de deseo y desconfianza.
Ella se quedó en silencio por un momento. La máscara que llevaba le daba un aire de
anonimato que la hacía aún más intrigante, pero había algo en su postura, algo en la forma en
que lo miraba, que decía que no era una mujer común. En sus ojos brillaba un destello de algo
más profundo, algo peligroso.
—No busco nada —respondió ella finalmente, sus ojos reflejando una verdad que Jean Piere
no alcanzaba a comprender. Luego, dio un paso atrás, tomándole la mano con una suavidad
casi inquietante—. Solo deseo que tú no sigas buscando. No sigas desenterrando lo que no te
pertenece.
Jean Piere la miró, confuso. Pero cuando sus dedos tocaron la frágil suavidad de la piel de ella,
un estremecimiento recorrió su cuerpo. Su voz le cortó la respiración.
—¿Por qué? —preguntó, sus palabras casi un susurro.
Antonieta (o Gabrielle) sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos.
—Porque algunos secretos son más poderosos que cualquier pasión, más profundos que
cualquier deseo. Y en este caso, Jean Piere… son secretos que no debes descubrir. No hoy.
Antes de que pudiera responder, ella se retiró con un paso tan delicado como una pluma
f
lotando en el viento. La dejó solo, mirando la figura que se desvanecía entre las sombras del
salón.
Gabrielle Dumas. Su verdadero nombre sonaba ahora como una amenaza. Y sin embargo, el
deseo creció aún más dentro de él, más oscuro y peligroso. Ella lo había desafiado, y ahora él
no podría detenerse.

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