CAPíTULO 1: EL ECO DE LOS VIOLINES.
Jean Piere Deverou apoyó su copa de cristal en el alféizar del ventanal y observó los jardines
iluminados por la luna. A sus veintinueve años, era ya un hombre de presencia refinada y
mirada inquisitiva. Heredero de una fortuna mercantil nacida en los puertos de Marsella y
pulida en los salones de París, se sentía como un invitado en su propia época. La guerra lo
había cambiado; lo que antes era una fiesta, ahora era un juego peligroso.
La música del cuarteto serpenteaba a través del mármol y el terciopelo, pero no lograba disipar
su incomodidad. El salón, lleno de plumas, máscaras venecianas y risas falsas, le parecía una
ópera mal ensayada.
Fue entonces cuando la vio.
Ella no bailaba. Caminaba entre los grupos con un equilibrio extraño, como si flotara por
encima del mundo al que pretendía pertenecer. Su máscara era sencilla, negra y sin adornos,
pero sus ojos… sus ojos atraparon los suyos como un alfiler a una mariposa.
—¿No baila, monsieur? —preguntó ella, con una voz baja y sin titubeos, colocándose a su lado
sin pedir permiso.
Jean Piere la observó con un interés que no lograba disimular. Solo cuando vale la pena —respondió, esbozando una sonrisa que rara vez regalaba.
—¿Y cómo juzga eso? ¿Por la música, la compañía… o la máscara?
Ella jugaba. Él también.
—Por los secretos que uno percibe tras ella.
Un silencio cómodo se deslizó entre ellos. Desde la distancia, alguien los observaba, pero
ninguno de los dos pareció notarlo.
Ella extendió una mano enguantada.
—Antonieta Dumas —dijo con una ligera inclinación de cabeza—. Recién llegada de Burdeos.
Él tomó su mano y la besó sin dejar de mirarla a los ojos.
—Jean Piere Deverou. De aquí, aunque me gustaría no estarlo.
Antonieta Dumas. El nombre era una mentira, y él lo sentiría más adelante. Pero por ahora,
sonaba como una promesa.
Porque su verdadero nombre era Gabrielle Dumas, hija de los mozos de cocina de la casa
Duverger. Y lo que hacía allí, vestida con seda ajena, era tan arriesgado como jugar a la ruleta
con una sola bala.
La noche seguía. Ellos bailaron.
Y en cada paso, una verdad se hundía más hondo: el deseo no reconoce rangos ni nombres
verdaderos.

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