CAPíTULO 3: BAJO LA SEDA ROBADA.
La madrugada aún no llegaba, pero el salón de la mansión Duverger ya comenzaba a vaciarse
de máscaras y perfumes. Solo quedaban los más osados, aquellos que sabían que la
verdadera fiesta comenzaba cuando los testigos se retiraban. Jean Piere, sin embargo, no
buscaba compañía ni desenfreno. Estaba en la biblioteca, entre volúmenes antiguos y humo
de cigarro.
La guerra le había enseñado a leer los silencios.
Y el de aquella mujer no era cualquier silencio.
El recuerdo del roce de sus dedos le quemaba todavía.
¿Quién era en realidad Antonieta
Dumas? ¿Por qué su advertencia sonaba más a desafío que a precaución?.
Encendió una lámpara de aceite y se sirvió un brandy. Mientras lo hacía, su mente volvió a una
noche de invierno en Alsacia, a una orden mal dada y a los rostros de dos jóvenes soldados
que no regresaron. Desde entonces, la frivolidad del mundo burgués le resultaba ofensiva. Sin
embargo, allí estaba, atrapado entre candelabros y vestidos de seda, buscando sentido en una
mirada imposible.
Mientras tanto, en los corredores traseros de la mansión, otra historia se tejía.
Gabrielle Dumas, aún vestida como Antonieta, se deslizaba por el pasillo de los sirvientes. La
seda color marfil de su vestido no le pertenecía; era de la señora Duverger, robado esa misma
tarde mientras la esposa del anfitrión se bañaba en leche y azahar. Había entrado a la mansión
con la complicidad de una criada joven, Charlotte, a quien había salvado una vez de un castigo
brutal. El favor estaba pagado.
—No tardes —le había dicho Charlotte mientras cosía a mano la última perla del corsé—. Si
alguien te descubre, yo también estaré perdida.
Gabrielle sabía los riesgos. Pero necesitaba estar allí.
No por diversión.
No por amor.
Por justicia.
A lo lejos, las pisadas de alguien interrumpieron sus pensamientos. Se detuvo, conteniendo la
respiración. Era Benoît.
El mayordomo.
Había servido a los Duverger por más de treinta años. Siempre discreto, siempre puntual. Pero
había visto más de lo que decía. Sabía quiénes entraban por las puertas traseras. Sabía
quiénes salían con el vestido mal abrochado.
Benoît la observó. La reconoció de inmediato. Pero no dijo nada. Solo le entregó un pañuelo
blanco bordado con las iniciales “A.D”.
—Se le cayó, mademoiselle Dumas —dijo con una voz grave pero sin juicio. Sus ojos, sin
embargo, brillaban con una mezcla extraña de protección y advertencia.
Ella lo tomó con dedos temblorosos.
—Gracias, Benoît.
El mayordomo no respondió. Solo inclinó la cabeza antes de desaparecer entre las sombras,
como una presencia que sabía demasiado.
De vuelta en la biblioteca, Jean Piere alzó la mirada al escuchar pasos suaves. No necesitó
girarse para saber que era ella. Gabrielle se detenía junto al marco de la puerta, iluminada por
la lámpara con una luz ámbar que acariciaba sus curvas. El vestido marcaba con precisión la
línea de sus caderas. Y sus labios, aún detrás de la máscara, estaban ligeramente
entreabiertos.
—No bailamos nuestro segundo baile —dijo ella, sin acercarse del todo.
Él la observó largo rato.
—No sabía si aún estaba invitado.
Ella caminó hacia él, despacio, como una gata sobre mármol. Y cuando se detuvo frente a él,
tomó la copa de brandy de su mano y bebió de ella.
—Los secretos también tienen ritmo —susurró—.
A veces se revelan mejor… bailando muy
despacio.
Él no se movió. Pero en su interior, algo se derrumbaba.
Ella extendió la mano. Y sin saber por qué, Jean Piere la tomó.
No hubo música esta vez. Solo el latido compartido de dos corazones peligrosamente cerca.
Bailaron entre libros y sombras, entre la tensión de la verdad y la urgencia del deseo.
Y en el roce de su mejilla con la de él, Gabrielle supo que había cruzado una línea invisible.
Porque el plan era manipularlo.
No desearlo, pero ahora… ya no estaba tan segura.
Café y sombras.

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