CAPíTULO 4: EL OLOR DE LA POLVORA


Gabrielle Dumas se despertó al amanecer, en una pequeña habitación oculta detrás del ala de los sirvientes. El vestido yacía a sus pies, su piel aún llevaba el aroma del perfume robado de Madame Duverger. Había regresado a ese rincón silencioso del mundo real como una ladrona que apenas había escapado. Pero no había escapado del todo. 

Había danzado con Jean Piere. Le había susurrado mentiras entre verdades. Y por primera vez desde que ideó su plan, algo en ella temblaba. Sacó de su pequeño baúl un cuaderno viejo, cubierto con papel encerado. Lo abrió. Dentro, estaban los nombres de quienes habían destruido la vida de su madre, y en la cima de esa lista figuraba uno: Guillaume Deverou, padre de Jean Piere.

Un hombre que había tenido demasiado poder en sus manos. Un hombre que había enterrado más de un escándalo bajo cheques firmados con pluma de oro. Un hombre que, según los rumores, había sido culpable de una tragedia de cocina disfrazada de accidente. La madre de Gabrielle había muerto sin justicia. 

Y la única forma de obtenerla… era desde adentro. Pero Jean Piere no era como su padre. Y eso era un problema. Jean Piere pasó la mañana en su estudio personal, tocando un arma de duelo sin cargar. Era su forma de recordar que el peligro siempre estaba presente, aunque París ya no oliera a pólvora. La danza con Antonieta Dumas le había dejado una marca más profunda de lo que estaba dispuesto a admitir. Había en ella una mezcla insoportable de inocencia y manipulación.

Y él, que había sobrevivido a batallas, temía ahora a una mujer que hablaba en susurros. Tomó una carta que había recibido dos días antes. Una carta del Ministerio, sellada con urgencia. Dentro, una advertencia: La casa Duverger está bajo sospecha. Trafican secretos políticos disfrazados de fiestas. Manténgase atento. No confíe en nadie. Pero entonces, ¿qué papel jugaba Antonieta? ¿Era un espía? ¿Una víctima? ¿O algo peor? Golpearon a la puerta. —¿Señor? —La voz grave de Benoît. —Adelante. El mayordomo entró con pasos pausados. Su presencia era como una sombra elegante. No hacía preguntas. No ofrecía información. Pero sus ojos hablaban. —Anoche, la joven Dumas dejó caer esto —dijo, extendiéndole una pequeña llave de hierro. Jean Piere la tomó, frunciendo el ceño. —¿Dónde? —En el pasillo que conecta la biblioteca con la despensa de vinos. —¿Y por qué no se la devolvió? —Porque ya no estaba allí. Y pensé que... quizás usted sabría qué hacer con ella. El joven Deverou asintió lentamente. Sabía perfectamente qué puerta abría esa llave: un cuarto secreto tras la biblioteca, construido por su abuelo durante la época de la Comuna. Un refúgio. Un escondite. Un lugar para guardar verdades incómodas. Y ahora, Antonieta tenía acceso a él. Esa noche, Gabrielle caminó por el pasillo descalza. 

El vestido la esperaba colgado en un perchero oculto. Charlotte se lo había dejado limpio, perfumado. Gabrielle lo acarició con los dedos, sintiendo su peso, su mentira. Volvería a ponérselo. Volvería a acercarse a Jean Piere. Pero esta vez… algo sería diferente. Jean Piere estaba esperándola. No en el salón. No en el balcón. Sino en el cuarto secreto. Encendió una sola lámpara de aceite y se sentó en el diván de terciopelo azul. Cuando escuchó el giro de la llave y el leve crujir de la puerta, no se levantó. Solo dijo: —Te estaba esperando. Gabrielle no respondió de inmediato. Cerró la puerta tras de sí. La luz la recortaba como una estatua de marfil. Jean Piere se puso de pie, se acercó, y por primera vez, sin máscara, la vio por completo. Sus ojos, su piel, sus labios. —¿Quién eres realmente? —preguntó él. Ella no mintió esta vez. —Alguien con más motivos que nombre. Se acercó. Tan cerca que su aliento rozó su cuello. —¿Me vas a hacer daño? —preguntó él, con una voz baja, casi entregada. —Solo si lo deseas —susurró Gabrielle. Y entonces, como dos relámpagos condenados a chocar, sus cuerpos se buscaron. No fue un beso dulce, fue una batalla de labios y manos. Se despojaron de sus disfraces con urgencia, como si desnudarse fuera parte de una confesión. 

La seda cayó como un telón. El calor de sus pieles rompió el aire frío del escondite. Él la alzó, ella rodeó su cintura con las piernas, y durante un instante eterno, no existieron nombres ni venganzas. Solo deseo. Pero cuando terminaron, Gabrielle no durmió. Porque esa noche se dio cuenta de algo. La venganza había comenzado. Pero también, sin quererlo, había empezado otra cosa. Algo igual de peligroso.

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